
Ana Marcén, en las escaleras que dan acceso al Santuario de Magallón en Leciñena.
Desde Leciñena, Ana Marcén lleva años trabajando en algo que hoy se repite en todos los discursos, pero que pocas veces se concreta: cómo dar vida a los pueblos. Su enfoque, sin embargo, se aleja de lo habitual. No parte de la falta sino de la elección.
Marcén es la creadora y directora de Escuela Galánicas, una escuela de negocios y desarrollo personal desde la que acompaña a personas emprendedoras para que puedan liderar sus proyectos sin renunciar a vivir en el medio rural. A través de su trabajo, más de 300 mujeres han fortalecido su autonomía económica, profesional y emocional, generando oportunidades reales para quedarse en sus pueblos.
Su trayectoria ha sido reconocida recientemente con el Premio a las Buenas Prácticas en Materia de Lucha contra la Despoblación, en la categoría de personas físicas, otorgado por el Gobierno de Aragón. Un reconocimiento que se suma al Premio ARAME al Emprendimiento en el Medio Rural y que avala una labor que combina emprendimiento, acompañamiento y transformación social.
Pero más allá de los galardones, su discurso es claro y, en ocasiones, incómodo. «Tenemos miedo a la repoblación», afirma sin rodeos. «Nos gusta hablar de despoblación porque no implica tomar decisiones. Pero repoblar sí: implica preguntarnos cómo queremos vivir en nuestros pueblos, con quién y qué modelo queremos construir. Y eso cuesta más».
A su juicio, el problema no es solo la falta de población, sino la falta de proyecto. «Estamos hablando de llenar pueblos, pero no de asentamiento a largo plazo», explica. «Hay gente que quiere venir, pero no estamos sabiendo atraer ni acompañar en ese proceso. Queremos que venga gente, pero sin definir qué tipo de pueblo queremos ser». Esa indefinición, añade, tiene consecuencias directas. «Parece que elegir es egoísta, como si no estuviéramos en disposición de decidir. Pero es justo al revés: si no eliges, no atraes bien; y si no atraes bien, la gente no se queda».
En ese contexto, su trabajo se centra en un colectivo clave: las mujeres que quieren emprender sin marcharse. «Llegan buscando sentirse bien con lo que quieren hacer, darse valor y recuperar la ilusión», explica. «Muchas han sido tratadas de locas, raras, egoístas o ambiciosas… y han dejado de creer en sí mismas. Llegan con la ilusión apagada y lo que buscan es volver a encenderla». Y eso es lo que ella hace: «ayudarlas a creer en sí mismas y hacer que vuelvan a brillar», subraya.
Los miedos que encuentra se repiten una y otra vez. «Sobre todo hay dos: el miedo al qué dirán y el de “toda la vida se ha hecho así”». Son barreras profundas, que no siempre se entienden desde fuera. «Hay gente de ciudad que me dice: “¿pero eso todavía pasa?”. Sí, sigue pasando, incluso en gente joven», subraya. Y es que, en el medio rural, el cambio no es solo individual. «El miedo no es tanto por ellas, sino por lo que puedan decirles a su familia sobre sus elecciones. Cuando cambias, no solo te expones tú, también expones a los tuyos. Es romper reglas muy profundas, casi del “clan”, y eso da mucho miedo».
La diferencia con la ciudad, señala, es clara. «Allí están más acostumbradas a ver cambios, a que los negocios evolucionen. Aquí no. Aquí parece que todo tiene que seguir igual. Si una panadera cambia horarios o introduce algo nuevo, enseguida se cuestiona». Romper ese círculo no es inmediato, pero sí posible. «Lo primero es dejar de estar solas», explica. «Necesitan una red, una tribu donde puedan mostrarse como son sin ser juzgadas». A partir de ahí, el trabajo es más profundo. «Tiene mucho que ver con el autoconocimiento: entender qué quieres, qué es importante para ti y darte permiso para hacerlo».
Ese proceso no le es ajeno. Ana Marcén es una de las impulsoras de EcoMonegros, un proyecto familiar que llegó a consolidarse y funcionar. Sin embargo, decidió dar un giro. «Empecé a plantearme la vida de otra manera. A preguntarme para qué quería vivir», recuerda. La respuesta no fue inmediata ni sencilla. «Tuve que desmontar muchas creencias muy profundas. Yo creía que elegir mi camino era malo, que estaba abandonando a los demás», señala. Tras un intenso trabajo personal, llegó el cambio. «Me di cuenta de que estaba dejando que otros decidieran por mí. Y el día que empecé a tomar decisiones por mí misma, todo cambió», señala.
Una decisión que, como reconoce, no siempre fue comprendida. «Me han llamado loca desde siempre», dice con naturalidad. «Cuando quise estudiar filología clásica, cuando me metí en una orquesta, cuando monté una panadería ecológica sin saber hacer pan… siempre ha habido alguien que lo veía como una locura», explica. Ahora, lejos de incomodarle, reivindica su inconformismo. «Necesitamos gente así si queremos cambiar las cosas… o al menos si queremos mantener vivos nuestros pueblos». Y lo concreta en una idea que resume su visión: «Los pueblos necesitan mujeres que se atrevan a elegir su vida, a vivir bien y de lo que les gusta».
Una elección que, en su caso, también implica quedarse. «Todas mis amigas se marcharon y muchas no entienden por qué sigo aquí», reconoce. «Podría decir que es por el contacto directo con la tierra y la naturaleza, pero eso lo podría tener en otros sitios. En el fondo es algo más sencillo: el apego a los míos y el deseo de compartir la vida con ellos», señala.
A las mujeres que hoy dudan entre quedarse o marcharse, les lanza un mensaje claro: «Que se pregunten para qué quieren vivir y qué es lo que más aman hacer. Y que se atrevan a ser ellas mismas en su pueblo. Porque si no lo hacen aquí, no lo van a hacer en ningún sitio».





















