90 años del arranque de las pinturas de Sijena: «Las obras pueden moverse»

Alfonso Monforte cuestiona la ejecución de la operación dirigida por Josep Gudiol en 1936 y la falta de una restauración integral en el MNAC. Las jornadas han abierto además nuevas incógnitas sobre el paradero de parte de los murales.

La jornada ha mantenido un aire reivindicativo exigiendo el cumplimiento de las sentencias.

Han pasado 90 años desde que, en octubre de 1936, Josep Gudiol dirigiera el arranque de las pinturas murales de la sala capitular del monasterio de Sijena. Nueve décadas después, las obras siguen sin regresar a su emplazamiento original, pese a que su traslado es técnicamente viable. Así lo ha defendido el restaurador Alfonso Monforte durante las jornadas conmemorativas celebradas este sábado en Villanueva de Sijena, donde también ha cuestionado la deficiente ejecución de aquella operación y la conservación posterior de las pinturas en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC).

 

«Esas pinturas pueden moverse», afirmó con rotundidad el especialista, quien considera que las objeciones planteadas sobre su fragilidad han sido «excesivamente tremendistas». Según explicó, los posibles desprendimientos o levantamientos de la capa pictórica pueden tratarse mediante fijaciones, asentamientos y otras actuaciones preventivas antes del transporte. De hecho, recordó que se han trasladado obras en condiciones «todavía más delicadas».

 

Pero sus críticas van mucho más allá de la actual situación de los murales y se remontan al propio arranque de 1936, que considera técnicamente deficiente y cuyas consecuencias, según explicó, siguen siendo visibles en las obras.

 

Monforte distinguió entre la técnica empleada, conocida como strappo, y la forma en la que se ejecutó. El procedimiento, bien realizado, «ofrece todas las garantías para hacer un trabajo bien hecho», pero considera que en Sijena se cometieron errores, posiblemente condicionados por la urgencia de la operación.

 

Según detalló, las colas utilizadas en caliente para adherir las telas con las que se arrancaron las pinturas no alcanzaron la temperatura adecuada. A ello se sumó la demora en el positivado, el proceso mediante el que los fragmentos arrancados se fijan a nuevos soportes. En 1943 todavía permanecían numerosas piezas enrolladas y pendientes de tratamiento, conservando los adhesivos originales, mientras que los trabajos de restauración se prolongaron durante los años posteriores.

 

Estas circunstancias pudieron provocar alteraciones en la capa pictórica, pérdidas de adherencia y cambios de color. De hecho, el especialista considera necesario revisar hasta qué punto el deterioro actual se debe a estas intervenciones y no exclusivamente al incendio sufrido por el monasterio en el verano de 1936.

 

«Yo no niego que hubiera fuego», precisó Monforte, aunque planteó la necesidad de formular «dudas razonadas» sobre su verdadero alcance y las consecuencias que pudo tener sobre los murales.

La sabina del centenario ha sido abonada en uno de los actos simbólicos juntos al monasterio.

Críticas a la conservación en el MNAC

El restaurador también fue especialmente crítico con la actuación del MNAC durante las décadas posteriores. A su juicio, el museo no ha emprendido una restauración integral que permita recuperar, en la medida de lo posible, las condiciones de conservación y la lectura artística del conjunto.

 

Recordó que los museos están sujetos a normas profesionales y deontológicas que les obligan a velar por sus colecciones y aplicar los tratamientos de conservación adecuados. Sin embargo, considera que las pinturas han permanecido prácticamente inmovilizadas, con estudios y actuaciones puntuales, pero sin una intervención global.

 

«Necesitan un trabajo muy serio de intervención», advirtió, cuestionando también que determinadas huellas de antiguas actuaciones se mantengan simplemente por considerar que forman parte de la historia de las obras.

 

A estas críticas añadió otro error que, en su opinión, ha marcado el conflicto: la falta de diálogo con la propiedad. Monforte considera que el MNAC debería haber abierto una vía de negociación en lugar de desatender las reclamaciones aragonesas y permitir que el asunto terminara judicializado. Una colaboración más estrecha, señaló, habría podido favorecer tanto la investigación como la conservación de los frescos.

 

En todo caso, también lanzó un mensaje a Aragón. El retorno de las obras no debería entenderse como el final del proceso, porque «no podemos conformarnos con colocarlas». Defendió la necesidad de acometer una restauración exhaustiva, estudiar las condiciones ambientales de la sala capitular y consensuar las decisiones entre especialistas para garantizar su conservación a largo plazo.

 

El director general de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón, Pedro Olloqui, aseguró que la comunidad está preparada para asumir esa responsabilidad. «La sala capitular está plenamente habilitada desde el punto de vista patrimonial, pero también museográfico», afirmó, recordando que existen estudios pormenorizados sobre el estado de las obras y los tratamientos necesarios para su instalación.

La Albada de Labordeta ha sido interpretada entre los muros vacíos de la sala capitular.

Nuevas incógnitas sobre los murales desaparecidos

Las jornadas también permitieron profundizar en el papel de Josep Gudiol y en el destino de parte de las pinturas arrancadas en 1936.

 

El exalcalde de Villanueva de Sijena Alfonso Salillas explicó que, tras revisar documentación histórica relacionada con los tratamientos posteriores al arranque, ha detectado una diferencia de 20,84 metros cuadrados entre las superficies consignadas en distintos registros.

 

El cálculo procede de los recibos correspondientes a los 64 fragmentos entregados en septiembre de 1943 a Ramón Gudiol, hermano de Josep, para continuar los trabajos. La discrepancia le lleva a sospechar que parte de los murales pudo permanecer en los talleres de los Gudiol y no llegar al entonces Museo de Arte de Barcelona.

 

Su principal hipótesis apunta al desaparecido testero norte de la sala capitular, que representaba un Nacimiento y era una de las composiciones más conocidas antes de la Guerra Civil. Salillas considera que sus dimensiones podrían encajar con la superficie que falta en los registros, aunque no se ha demostrado esa correspondencia ni se conoce el destino de los posibles fragmentos.

 

El exalcalde, que definió a Josep Gudiol como «un marchante de arte», recordó otros episodios en los que los Gudiol recibieron pinturas como pago en especie. Entre ellos citó el caso de Bierge, donde obtuvieron parte de los frescos de la iglesia de San Fructuoso, cuyos fragmentos acabaron dispersos por colecciones extranjeras.

 

Una conmemoración cargada de simbolismo

Organizadas por la plataforma Sijena Sí, el Ayuntamiento de Villanueva de Sijena y el Gobierno de Aragón, las jornadas han querido ir más allá del recuerdo histórico para plantear preguntas sobre uno de los episodios más controvertidos del patrimonio aragonés.

 

Las conferencias tuvieron lugar en la casa natal de Miguel Servet y estuvieron acompañadas por dos actos simbólicos en el monasterio. El primero se desarrolló junto a la sabina plantada para conmemorar el centenario de la declaración del cenobio como monumento nacional, donde se aportó abono al árbol y se interpretó la canción ‘Sijena sí’.

 

El segundo tuvo lugar en la propia sala capitular, todavía vacía de sus pinturas, donde los asistentes entonaron ‘La albada’, de José Antonio Labordeta.

 

Para el presidente de la plataforma Sijena Sí, Juan Yzuel, se trataba de una efeméride que hubieran preferido no tener que recordar en estas circunstancias. «Ojalá no hubiéramos tenido que celebrarlo», reconoció, reiterando su deseo de que concluya la devolución de las obras y el monasterio pueda continuar su recuperación patrimonial. «Sijena tiene que seguir con su proyecto», concluyó.

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