
Alberto Lasheras guió el recorrido.
El pasado sábado, La Cartuja de las Fuentes abrió sus puertas para una visita muy especial: la que iba a mostrar a los asistentes el rastro que la guerra dejaría en el monumento, empezando por la destrucción del retablo mayor de la iglesia con la llegada de las primeras columnas de milicianos en verano de 1936, que llenaron los muros con sus nombres, compañías y divisiones.
De la mano de Alberto Lasheras, los participantes descubrieron las marcas del paso de tanques en el suelo, la zona donde se practicaba tiro o dónde se ubicó el aeródromo. La caída del frente en 1938 marcaría una nueva etapa, con la llegada de dos escuadrillas de aviación alemanas que se instalarían en el edificio. Incluso acabado el conflicto, se plantea usar el monumento como campo de prisioneros (con una capacidad estimada de 800 personas) aunque nunca se llevó a cabo. Las prácticas de tiro sobre la veleta de la torre, el accidente por el que un avión se estrella contra el chapitel, muriendo sus dos ocupantes o la visita al polvorín excavado bajo el edificio de Obediencias fueron algunos de los momentos destacados de la visita.

Los asistentes, viendo marcas en muros y suelos.
A los restos materiales y documentales, Lasheras añadió historias personales que «humanizan la guerra» poniendo cara a algunos autores de grafittis y leyendo sus testimonios sobre su estancia en La Cartuja, extraídos de las cartas que enviaban a sus familias.
La actividad, organizada en colaboración con la Diputación Provincial de Huesca, estaba enmarcada dentro de la programación en torno al 90 aniversario del inicio de la guerra civil, llevada a cabo por el Grupo de Investigadores de Los Monegros. La siguiente cita será el 18 de julio, con un recorrido nocturno por Sariñena de la mano de Gemma Grau.






















