
El caballo creado por un grupo de tres artistas e iluminado por David Giribet es una de las estructuras más llamativas del ‘Elsewhere’.
A lo largo de esta semana, el desierto de Los Monegros ha vuelto a parecer otro lugar. Desde el pasado martes y hasta este domingo, una ciudad efímera y singular ha tomado forma en la sierra de Jubierre, en Castejón de Monegros, levantada por sus propios participantes en torno al arte, la música, la cooperación, la autosuficiencia y una forma distinta de entender la convivencia. No hay comercio, no hay público en el sentido convencional y tampoco una programación diseñada desde arriba. Hay, más bien, una comunidad temporal que aparece, se organiza y desaparece sin dejar rastro.
La filosofía resulta reconocible. Este nuevo encuentro se inspira en ‘Nowhere’, el evento que durante más de dos décadas se celebró en este mismo escenario. El actual se llama ‘Elsewhere’, que se traduce como ‘en otro lugar’, en un guiño evidente a su predecesor. Pero desde la organización insisten en marcar la diferencia. “No se trata del mismo evento con otra denominación, sino de un proyecto nuevo, impulsado por una asociación independiente, democrática y sin ánimo de lucro”, explica Pablo Villalba, integrante de su junta directiva. Muchos principios permanecen, pero cambia la forma de gobernarse y la voluntad de abrir una etapa propia.
Una de las claves de esa nueva etapa es la relación con el territorio. La asociación quiere estrechar lazos con Los Monegros y con las poblaciones cercanas, y trabaja ya en la posibilidad de comprar un terreno de unas 100 hectáreas en la misma zona. El objetivo es consolidar el encuentro, reducir costes y abrir nuevas posibilidades durante todo el año, desde energía solar y estructuras artísticas fijas hasta talleres y colaboraciones con municipios, según explica Villalba, que imagina una huella vinculada al territorio y a nuevas oportunidades.
El punto de partida fue la desaparición del modelo anterior. Según relata, la empresa privada que había organizado ‘Nowhere’ comunicó en noviembre que no seguía adelante. Para muchos participantes, aquello supuso algo más que quedarse sin una cita marcada en rojo. “Para nosotros esto es un poco como la Navidad. Vuelves a casa, ves a la familia, convives, disfrutas, eres tú mismo…”, resume.
A partir de ahí, varios miembros de la comunidad decidieron organizarse para mantener viva la experiencia. Crearon una asociación nueva y eligieron una junta directiva formada por ocho personas. Villalba, natural de Albacete, aunque asentado desde hace doce años en Berlín, es el único español. “Como nacimos desde cero, estuvimos pensando cómo queríamos que esto fuera”, explica.
‘Elsewhere’ no es un festival al uso, pero definirlo tampoco es sencillo. Villalba lo presenta como “un evento de expresión alternativa”, donde los asistentes comprueban “cómo sería un mundo distinto: sin dinero, en comunidad, en mitad del desierto y bajo la exigencia de ser autosuficientes”. Una especie de ensayo colectivo, casi un laboratorio social, en el que durante unos días se prueba “otra forma de vivir”, dice.
El reto de esta primera edición no era menor. La nueva organización ha tenido que levantar el encuentro en apenas cuatro meses, con una estructura basada en el voluntariado y muchas personas asumiendo por primera vez responsabilidades de esta magnitud. Aun así, el resultado ha superado sus propias expectativas: 2.100 participantes han acudido este año al desierto de Los Monegros.

Los inscritos se organizan en campamentos y traen lo necesario para abastecerse durante toda la semana.
Más españoles que nunca
La edición mantiene su marcado carácter internacional, con presencia destacada de Francia, Alemania, Holanda y Reino Unido. Pero también tiene más españoles que nunca, alrededor del 20%. “Eso también lo buscamos”, apunta Villalba, que quiere avanzar hacia una mayor relación con el territorio. “Mi objetivo como único español en la junta es que, con el tiempo, trabajemos más con artistas locales y que sea un lugar más abierto”, señala.
La comunidad sigue regida por sus propias normas. Los inscritos se organizan en campamentos. La organización ofrece las infraestructuras básicas: generadores, baños, camiones cisternas… Cada grupo o participante debe traer lo que necesita para vivir durante esos días y, al mismo tiempo, aportar algo a los demás: una comida, una actuación, una instalación artística, una fiesta, un taller, una sombra, una conversación o una ayuda inesperada. Ahí aparece uno de los principios centrales del encuentro: la dadivosidad, es decir, la capacidad de dar sin esperar nada a cambio.
“No esperas que nadie te dé nada, ni dependes de ello, porque traes tu comida y tu bebida. Pero vas paseando y todo el mundo te está ofreciendo algo: su arte, su comida, su fiesta… Es una sensación muy positiva, en la que todo el mundo acaba pensando que, si el mundo fuera un poco más así, sería maravilloso”, reflexiona Villalba.

Los promotores quieren comprar un terreno de 100 hectáreas y establecer una relación más estrecha con el territorio y las localidades del entorno.
Temperaturas de hasta 43 grados
En esta edición, la convivencia ha tenido una prueba especialmente dura: el calor. El encuentro ha coincidido con temperaturas extremas, de hasta 42 y 43 grados, en una explanada sin una sola sombra natural. La organización ha trabajado coordinada con Cruz Roja, la Comarca de Los Monegros y los servicios de seguridad para responder a las alertas y reducir riesgos. “El mayor cambio ha sido que hemos parado las actividades entre las 12.00 y las 18.00, para evitar las horas de más calor y reservar energía”, explica. También se han reforzado las zonas de sombra, el suministro de hielo, los camiones cisterna y los dispensadores de agua difuminada.
Pero incluso esa adversidad, asegura, ha reforzado el sentido de comunidad. “Algo que piensas que es negativo, lo que hace aquí es que la gente se una más”, dice. El desierto ha impuesto su ley y sus horarios, pero también ha traído adaptaciones casi locales: alguno ha incorporado hasta el botijo y la siesta.
A medida que cae el sol, Elsewhere cambia de ritmo. Las horas de más calor dejan paso a la música, las performances y las estructuras iluminadas. El arte vuelve a ser uno de los grandes pilares del encuentro y este año, según la organización, ha cobrado todavía más fuerza. “Hay más arte que nunca, porque los que más ganas tenían de continuar eran artistas y han llegado con energía renovada”, señala Villalba.
Un caballo de Troya iluminado
Una de las piezas que más miradas ha atraído es un gran caballo de madera, de cinco metros de altura, móvil, y que al caer la noche se transforma mediante luz, mapping y música. La obra ha sido creada por el colectivo Llata, formado por tres artistas, e iluminada por David Giribet, natural de Tárrega y uno de los artistas más veteranos y reconocidos del encuentro.
Giribet llegó a este universo después de vivir en 2015 la experiencia de Burning Man, en Nevada. Al descubrir que en Los Monegros existía un encuentro con el mismo espíritu, y que además se celebraba a apenas una hora y media de su casa, decidió venir. Desde entonces ha repetido año tras año. Y ya van diez. Su especialidad son las instalaciones de luz. Ha trabajado en festivales y proyectos internacionales en más de quince países, pero Elsewhere tiene para él otro significado. “Se necesitan muchos recursos y mucho esfuerzo. De hecho, hablamos de una estructura que lleva detrás más de 1.100 horas de trabajo y que hemos tenido que traer desde la Costa Brava, pero merece la pena”, relata.
Para el artista, el valor de la experiencia está también en lo que genera alrededor. “Aquí obtienes una desconexión real del exterior, vives de forma utópica, sin comercio ni dinero, y llegas a conectar de forma muy profunda con las personas, sin importar su edad, origen o procedencia; es algo auténtico”, explica.
El caballo puede alargarse, los participantes pueden subirse a su lomo y presenta unos 2.000 agujeros, además de un sistema de mapping controlado remotamente y música sincronizada para convertir la pieza, por la noche, en una de las imágenes más espectaculares del encuentro.
El domingo, cuando todo termine, los barrios se desmontarán, las estructuras saldrán del desierto y el paisaje recuperará su silencio. No quedará una ciudad. No quedará una fiesta. No quedará una colilla ni un vaso. Pero quienes han vivido estos días se llevarán otra cosa: la sensación de haber habitado, durante una semana, un mundo ensayado en otra parte.





















