ISABEL ATARÉS

«No había visto un ternero en mi vida, pero tenía claro que quería vivir aquí»
Isabel Atarés, en su explotación de terneros mamones situada en Curbe.

Isabel Atarés, en su explotación de terrenos mamones situada en Curbe.

Isabel Atarés, natural de Curbe, siempre tuvo claro que su sitio estaba en su pueblo, con su familia y sus amigos. Pero necesitaba un medio de vida. La localidad ofrecía escasas oportunidades laborales, ya que quería evitar desplazamientos y un puesto estable, lo que le llevó a cambiar su trabajo como administrativa en la capital oscense por la gestión de su propia explotación de terneros mamones. El cambio fue radical y arriesgado, pero, según explica, «merece la pena». «Estoy donde quería», añade.

 

Volvió a sus raíces hace seis años, con su marido, natural de Lalueza, y con su hijo, que ahora tiene 10 años. Fue una decisión compartida. «Los dos queríamos volver al pueblo, que nuestro hijo creciera en este ambiente y estar cerca de nuestros amigos. Aquí tenemos una mejor calidad de vida. Ya estábamos hartos de ir y volver con la casa a cuestas todos los fines de semana», explica. Antes de iniciarse en este negocio, confiesa que «no había visto un ternero en mi vida». «Mis abuelos ya vivían de este lote y además, tenían una paridera con ovejas, pero ninguno continuó con esa labor», señala. «Tuve que empezar de cero, aprendiendo de la mano de los que saben y a base de cometer algunos errores. Tuve mis dudas y mis miedos, pero quería vivir aquí y estaba dispuesta a dar el paso. Siempre me han gustado los animales y después de mucho mirar, nos pareció la mejor opción», añade. Ahora mismo, con la ayuda de la integradora y la veterinaria, Atarés maneja sin dificultades su explotación. En total, tiene 200 terneros, que le exigen una gran dedicación. Su jornada arranca a las 7.00, atendiendo a los animales y vigilando sus progresos. Por la tarde, debe regresar. «Son como bebés. Hay que prepararles la leche cada mañana y después, arreglarles la cama», explica. Su rutina es prácticamente la misma los 365 días del año.

 

Atarés considera que la puesta en marcha de este tipo de explotaciones es una buena opción laboral tanto para hombres como para mujeres que quieran permanecer en el medio rural. Eso sí «no es fácil», advierte, por la inversión económica y el sacrificio diario. «Te tiene que gustar. A mí no me cuesta venir un sábado o un domingo. Me encanta estar aquí», dice. «Me compensa. No volvería atrás. He aprendido a priorizar. Tengo la ayuda de mi madre, administro mi tiempo y mi hijo entra y sale con libertad. Además, al acabar la jornada, me puedo tomar algo con mis amigos y planificar en qué corral nos juntaremos el fin de semana», subraya.

 

Tras este cambio de vida, y también por el paso de los años, Atarés confiesa que no es la misma que era cuando empezó. «Antes trabaja cuatro horas por la mañana y sentía que no llegaba. Ahora, invierto muchas más, pero optimizando y con otro ritmo. Soy más dueña de mi tiempo. Me siento bien, haciendo algo que me gusta y a lo que estoy entregada», concluye.

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