Pasión, fuerza y tradición: el dance de Bujaraloz vuelve a emocionar

Con interpretaciones vibrantes y un grupo que respira complicidad, la formación ha vuelto a brillar en el día de San Agustín.

Imagen de la interpretación de una de las mudanzas al son de la gaita de boto.

El choque de palos y espadas, acompañado por el inconfundible sonido de la gaita de boto aragonesa, ha vuelto a marcar el pulso en el día grande de las fiestas de Bujaraloz. La plaza se ha llenado este jueves para volver a disfrutar de la actuación del dance local, que forma parte de la identidad colectiva del pueblo y que ha tenido lugar en honor de su patrón, San Agustín. La formación ha vuelto a latir con fuerza, sostenida por el empuje de las nuevas generaciones y por las potentes interpretaciones de sus personajes principales, que han sabido mantener viva la emoción y el espíritu de esta herencia compartida.

 

El momento más esperado ha llegado con la batalla entre moros y cristianos, una escena que ha unido danza, teatro, música y simbolismo. Los danzantes han empuñado sus espadas con decisión, marcando con precisión el compás de los enfrentamientos, alternando movimientos pareados con cruces de acero que han hecho vibrar la plaza. En el centro de la escena, los capitanes de ambos ejércitos han protagonizado un duelo intenso y muy celebrado. Al frente del bando moro, Mariano Villagrasa, y liderando a los cristianos, el mayoral Carmelo Lorente, acompañado por su inseparable rabadán, Luis Lupón, que, escondido tras sus faldas, ha contribuido, a su manera, a la victoria final de los cristianos.

 

La tensión ha alcanzado su punto álgido cuando los danzantes del ejército turco han caído de rodillas, uno tras otro, y tras ello, su líder, rodeado por los cristianos. La rendición se ha simbolizado con el Degollao, donde los danzantes han cruzado sus espadas alrededor del cuello del líder del ejército musulmán. Con su conversión al cristianismo, la representación ha culminado, dando paso a una última mudanza.

 

Y, finalmente, como colofón, uno de los gaiteros del grupo, Chusé Rozas, ha recitado las motadas, que han permitido repasar, en clave de humor y en forma de verso, la actualidad local. No han faltado referencias a las damas de las fiestas, a los logros del equipo local de fútbol o a las integrantes del grupo que pronto se convertirán en madres.

El grupo ha emocionado a los asistentes a su actuación.

Al alcalde, Darío Villagrasa, le han felicitado por su libro, ‘Aragón tiene sede’, que, tal y como recordaron, un día se presentó en la sede de la Diputación de Zaragoza y, al día siguiente, paradójicamente, «en la población sin agua nos quedamos». Y, precisamente, en referencia a las demandas del medio rural y sus problemas, Rozas ha dicho: «Y es que en este pueblo/ a veces el móvil no se conecta/ tan pronto se va la luz/ como sin agua te despiertas/ Luego nos cuentan historias de la España vaciada/ pero en las grandes ciudades estas cosas no les pasan».

 

El dance de Bujaraloz, uno de los once que se conservan vivos en Los Monegros, fue recuperado a principios de los años 80, gracias a la documentación histórica existente, y desde entonces se ha representado de forma ininterrumpida. La tradición, que se había perdido a comienzos del siglo XX, volvió a renacer gracias a la implicación de varios vecinos. Entre ellos, Mariano Villagrasa, uno de los artífices de su recuperación, que desde entonces -y ya han pasado cuatro décadas– ha dado vida, con pasión y entrega, al capitán moro.

 

Para hacerlo de diez, tal y como ha confesado, opta siempre por retirarse pronto en la víspera. «Yo doce ya estaba durmiendo», ha confesado. Villagrasa ha explicado que cada año lo vive con la misma ilusión. «Es solo un día al año, el de máxima fiesta, y estamos ante todo el pueblo. Lo disfruto y lo respeto», ha señalado.

 

Luis Lupón, vecino de Bujaraloz, ha heredado ese mismo espíritu. Lleva 12 años interpretando al rabadán, un personaje que combina simpatía, picardía y humor, y al que da vida con naturalidad y desparpajo. «Empecé con 15 años, siendo un crío, y al principio, me daba apuro; ahora, con más experiencia, es una alegría y un orgullo», ha dicho. Para el joven, formar parte de la colla de danzantes es mucho más que un papel. «Todos nos llevamos muy bien, somos una gran familia, y estoy encantado de formar parte de esta tradición», ha afirmado. «Da mucha alegría ver que hay gente joven que se suma, y que los que llevamos más tiempo seguimos con las mismas ganas. Mantener esto vivo es algo que merece la pena», ha concluido.

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